Empresas malditas

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suicidio

“Temo más las maldiciones de mis vasallos que las lanzas de mis enemigos”. ENRIQUE II DE TRASTÁMARA

A veces te llaman de una empresa para echarles una mano y cuando llegas allí te das cuenta de que la maldición se ha adueñado de ella. Miras con cierta tristeza a la gente, recoges los bártulos y te marchas, sabiendo que lo único que le espera es la desaparición. Están condenadas por el simple hecho de que nadie allí quiere realmente que se salve. ¿Incomprensible? Ni mucho menos. La maldición de la autodestrucción les ha poseído.

Las cosas nunca pasan porque sí, salvo para los que se refugian en interpretar las circunstancias a la engañosa luz de la suerte. Para los que ya hemos fotografiado unas cuantas batallas, sabemos que la suerte tiene un peso decorativo en todo lo que nos ocurre.

Cada vez que llego a una empresa y el deseo de causar daño se ha impuesto al impulso de salvarse, es prácticamente imposible arreglar la situación. Hay mucha gente cuyo único placer consiste en causar daño, en destruir. Y como esto, desgraciadamente, está al alcance de cualquier imbécil, muchos sienten ese extraño placer de proyectar sus rencores en forma de destrucción. ¡Por fin son protagonistas en una película en la que antes eran figurantes! ¡Por fin todas sus envidias no confesadas se pueden clavar el pecho de alguien! Sigue leyendo