Stefan I de Bucarest, una sonrisa en el Reino de la Inmigración

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camarero

“Es más fácil obtener lo que se desea con una sonrisa que con la punta de la espada”. William Shakespeare

Hace poco que fui a una boda en un hotel de copetín. Primera sorpresa, casi todos los camareros eran inmigrantes, pero muy inmigrantes, no un poco, que en esto, desgraciadamente, también hay clases.

Quizá soy un sentimental, pero me siguen emocionando las personas que eligen meterse miles de kilómetros entre pecho y espalda para luchar por mejorar su vida, en muchos casos su mierda de vida, para llegar a un sitio que no entienden, rodeados de personas que no hacen nada por entenderles, y vienen a pedir trabajo en un país que las estadísticas dicen que sobran 5.000.000 de personas para trabajar.

En la boda eran invisibles, eran lo que había al otro lado de las bandejas que nos traían unos manjares (esta palabra ya no se lleva, pero es la que hace justicia) exquisitamente elegidos por nuestros anfitriones, y que nosotros comentábamos con fruición a la vez que cerrábamos los ojos para degustarlos mejor. Es curioso, he dicho “cerrábamos los ojos”, quizá me ha traicionado el subconsciente.

¿Cuántas personas les preguntaron su nombre y les dieron las gracias? No lo sé. Espero que muchas. Ellos sonreían.

Cuando me pongo “estupendo” vacilo a todo lo que se pone por delante, con dos premisas: jamás a costa del que está enfrente y de una forma que hasta ellos puedan divertirse con los chistes. La segunda premisa no siempre se consigue, no por falta de ganas del que escucha, sino por la torpeza de mis gracias. ¿Qué le vamos a hacer? Aun así el conjunto de personas/trabajadores mostraban una cintura y un recorrido admirable. Y realmente les admiraba. Su sonrisa era más alimenticia que el increíble jamón ibérico que nos traían. De hecho el jamón era la excusa para seguir digiriendo sonrisas.

Y entonces, llegó la comida y a nuestra mesa nos asignaron a Stefan (o como se escriba). Lo primero que hice fue preguntarle su nombre, porque me parece infame pedirle a “tú” que me traiga algo. No me parece admisible dirigirme a alguien llamándole: oye camarero, perdona majo… cuando puedo usar su nombre.

-          Stefan -me dijo con una sonrisa y un acento lejano-.

-          ¿De dónde eres, si no te importa decírmelo?

-          De Bucarest –respondió, cuando podía haber dicho “y a ti que te importa” y hubiera tenido encima que darle la razón-.

-          Quiero agradecerte lo bien que te estás portando y lo buen camarero que eres –le dije-.

-          Es mi trabajo, señor –y esto último me hizo sentir mayor y distante-.

Pero hay veces que la inspiración te hace dar un paso más.

-          ¿Cómo se llama tu jefe? –le detuve un instante-.

-          No lo sé –me respondió, y creo que no lo supiera. A este tipo de camareros se les llama “extras”, que tiene tela la denominación-.

Pero como no tenía nada que esconder, al pasar una compañera a nuestro lado, ésta española, le preguntó cómo se llamaba el jefe. No recuerdo el nombre, pero sí lo que pasó después.

Le dije a su compañera, que también lucía sonrisa como una de sus prendas más valiosas, que, por favor, llamara al jefe.

Yo seguí hablando con Stefan que me contaba que hablaba cuatro o cinco idiomas, cuando en menos de un minuto, apareció un hombre con la cara lívida, una gota de sudor se desprendía de su sien izquierda y parecía el tipo de persona al que le va a dar un ataque de un momento a otro.

-          ¿Usted, me ha llamado? –mira que cuesta acostumbrarse al usted-.

-          Sí.

-          Dígame –me invitó de forma muy correcta-.

-          Quiero felicitarle por la elección de Stefan. Es un trabajador cojonudo (sic), y nos está atendiendo de puta madre (sic de nuevo), y lo mejor, no deja de sonreír.

El jefe miró a Stefan para comprobar que yo no le estaba vacilando y que mis palabras no fueran más que un ejemplo nefasto de ironía, pero Stefan seguía sonriendo, también un poco incrédulo.

No sabía qué decir, y optó por preguntar al resto de la mesa si estaba todo bien y les estaba gustando, algo que corroboraron sin titubeos.

Allí estaba Stefan, con sus miles de kilómetros a sus espaldas, con su novia española enseñándole nuestro idioma entre noches de sueños y amor, dispuesto a luchar por un futuro en un trabajo, para el que, al parecer pocos de esos 5.000.000 quieren optar. Es fácil extender la especie de que vienen a quitarnos el trabajo, yo creo que a lo que vienen es a repartir jamón ibérico y sonrisas. Mientras nos estorben los que vienen a trabajar, más campo dejaremos a los que les resulta más fácil delinquir.

La inmigración no es “el” problema. Vivimos, nos guste o no, en un lugar llamado mundo (como dice el anuncio), y cada vez más. Lo que sí es un problema, y lo va a ser de forma creciente, hasta límites increíbles, es la GESTIÓN DE LA INMIGRACIÓN. Ese es el problema, como casi todo en el mundo de las empresas, los problemas no son las situaciones complicadas, sino la gestión incorrecta que se hace de las mismas.

Por mi parte, cuando comienzo ahora a trabajar y me cuesta esfuerzo deshacer la telaraña densa de la crisis de cada día, pienso en Stefan, que sigue viendo oportunidades donde otros ven trabajo duro.

Stefan I de Bucarest es un rey sin reino en busca de futuro. Stefan nunca leerá este post, ni este blog, y creo haberle dado poco las gracias. Espero que algo le llegue a cualquier Stefan de su reino imaginario y la gente les pregunte su nombre y les devuelvan las sonrisas que nos ofrecen.

Quizá es sólo una coincidencia, pero he visto pocas bodas con novios tan enamorados. Quién sabe si todo estaba orquestado para que escribiera este post.

Fernando Sánchez

Instituto de Desarrollo Pyme

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