Firewalking y otros timos basados en la necesidad y la falta de escrúpulos

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firewalking

“Una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante”. ALDOUS HUXLEY

No salgo de mi asombro. Es que cada vez veo más jetas queriendo atracar a las empresas. Muchas veces son los mismos jetas que cada 2 ó 3 años renuevan su oferta de timos, pensados para profesionales o empresarios. El firewalking es uno con el que ya no sé si reír o llorar. El firewalking, para el que no sepa lo que es, se trata de andar sobre las brasas.

Como la necesidad aprieta, algunos “listos” se presentan en las empresas con su catálogo de soluciones mágicas, ya alejadas completamente de lo empresarial. En otro post analizábamos las soluciones jeta-empresariales. En este vamos a descubrir las “ultra mágico-emocionales”. En este caso pasan de ser gurús, directamente a casi chamanes.

Veo la publicidad de algún “artista del sobrevivir” que se presentan con alardes de cara y escenografía al más puro estilo actor de opereta, que pretenden dirigir las políticas de recursos humanos basándose en análisis tipo zodiaco, aunque casi habría que llamarlo ZOOdiaco, por lo enfocado que lo tiene a la parte animal que todos. Vamos, que si eres Leo debes estar en el departamento comercial o en gerencia, y si eres acuario, pues deberías estar en uno de contabilidad (a lo peor lo estoy poniendo al revés y no lo sé).

Esto ha evolucionado a sistemas más sofisticados (a los que poder dar mejor cobertura de marketing) como el eneagrama, en el que la clasificación se hace, no ya por la fecha de nacimiento, sino por otros parámetros, pero que al final, de lo que se trata es de poco más o menos lo mismo: se te encasilla en una categoría y luego se procede con un silogismo del tipo:

Eres del eneatipo I, tus defectos son éstos, la forma de tratarte es así.

Sé lo tentador que puede resultar tener un método que nos permita relacionarnos con las personas con una regla de tres (Si A entonces B, y B entonces C, entonces si A luego C), pero donde lo he visto operar he podido comprobar también los efectos devastadores en las relaciones humanas que acababan produciendo. ¡Miedo me da sólo pensarlo!

Podríamos dirigir también en función de las cartas de la baraja. Jugarnos a ver quién es el gerente a la carta más alta o al rey de oros. La sota de copas que organice la cena de navidad. Y eso asentarlo en que nada pasa porque sí, y que el destino nos habla a través de una reunión donde una mano inocente baraja y decide que como eres el dos de bastos te vas a la calle. En fin.

Y como, una vez vendidos estos métodos a los más crédulos, hay que renovar los productos para hacer venta cruzada (seguir ordeñando la vaca, en román paladino), se van buscando “experiencias vitales nuevas” que colocar a precio de oro molido.

La de andar sobre las brasas es una costumbre ancestral que todos hemos visto alguna vez en la tele, porque en San Pedro Manrique, un pueblo de Soria, cada noche de San Juan, pasan los del pueblo pisando a pie desnudo y con dos pelotas, e incluso, habitualmente con gente a sus espaldas.

Pues algún listo vio la ocasión y dijo: ¿Cómo provocar experiencias vitales difíciles de olvidar? Pues a pasar sobre el fuego se ha dicho.

Obviamente no se vende así, se suele vender  diciendo que tenemos que experimentar que los límites que nos frenan están en nuestra cabeza y no en la realidad, que tenemos que aprender a hacer cosas aparentemente imposibles en tiempos de necesidades aparentemente insuperables, tener la huella emocional de que hemos hecho algo único, desarrollar una valentía propia de líderes de la humanidad, y toda la farfolla con la que se pueden llenar dos o tres catálogos de “jeta en adobo”.

¡Vale ya, colegas! Que por esa regla de tres los originarios de San Pedro Manrique estarían ahora de presidentes del FMI o gobernadores del Banco de España. Quizá monten en Soria una sucursal de la London School of Economics. Pero, de momento, no hay noticias.

¿Qué cojones tendrá que ver que pases por encima de unas brasas (que no niego que pueda ser abrasadoramente impactante) con que sepas diseñar una buena estrategia en tu empresa, llevar bien a tus empleados, vender bien tus productos, etc…?

Es que, con esos mismos argumentos, ponte a hacer puenting, paracaidismo, ponerte sanguijuelas en la espalda o hacerte una irrigación de colon y cagarte la pata abajo, eso sí, para “sacar todas las impurezas que tus comportamientos ancestralmente asentados han ido dejando como residuos de una mala digestión de la vida”.

Si uno quiere vender estas movidas, ¡que las venda como ocio! Y ahí, mira, hasta a lo mejor lo contrato yo. Pero vender falsas esperanzas… ¡no tiene perdón!

A todos estos colegas del “te voy a vender la última estupidez que tus complejos o tu credulidad pueda comprar” hay que encararlos sin demora.

Las empresas mejoran (y los profesionales también) a base de esfuerzo, dedicación y conocimiento, y no a base de hacer la danza de la lluvia, por muy bucólico que parezca y bien que lo vendamos. Porque si no, vamos a tener que contratar a faquires en vez de ministros y domadores de circo en vez de gerentes, que nadie me podrá negar que, como experiencias vitales, tienen que ser la leche.

Como me dijo mi amigo Basilio hasta me he visto en actividades buscando tupperwares debajo de las encinas con mensajes tipo “escuchar te ayuda a conocer a la gente”, que debíamos interpretar como el canal trascendente que el universo elegía para revelarnos un tópico al alcance de cualquiera. ¡El universo a veces busca unos medios muy complejos para decir perogrulladas! 😉

Propongo, en todo caso, que se cree una carrera que se llame chamanismo empresarial, con asignaturas como las descritas o el consumo de sustancias alucinógenas (con efectos parecidos a ver dos telediarios de distintas cadenas consecutivos), en el que como proyecto fin de carrera haya que apuntarse al Pekin Express.

Y es que como si la cosa no estuviera suficientemente caliente y además no hubiera ya millones de personas quemadas y otros echando humo, como para que algunos aún pretendan pasarnos por las brasas como si fuéramos un cordero lechal.

Fernando Sánchez

Instituto de Desarrollo Pyme

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